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▷ cuentos cortos para niños de preescolar — [2022] ❤️✅

cuentos cortos para niños de preescolar

por May 26, 2021Cuentos, Niños

El mundo de la literatura infantil es muy amplia nos proporcionan cuentos de humor, cuentos especiales para la época de navidad, cuentos con moralejas, cuentos de terror entre otras variedades  que vamos a conocer junto con los beneficios que tienen para nuestros niños de primaria, toda esta información la vamos a conocer  en este viaje literario que vamos a emprender.

 

El lobo blanco deja a la princesa en el bosque

El lobo blanco deja a la princesa en el bosque

El lobo comenzó a galopar y la princesa no tardó en cansarse. Comenzó a preguntar constantemente cuánto faltaba para llegar al palacio de cristal, lugar donde el lobo dijo que iban…

Preguntaba tanto la princesa, que el lobo se cansó de escucharla y la tiró al suelo. La princesa se quedó sola en el bosque y después de caminar un rato, encontró una casa en donde una anciana preparaba un caldo de pollo.

– Perdone, anciana, pero busco a un lobo blanco- dijo la princesa- ¿No lo habrá visto?

– No, jovencita, pero tal vez el viento sí lo haya visto. Siéntate y toma algo de caldo antes de partir. Y no olvides llevarte los huesos del pollo, porque tal vez los necesites más adelante.

La joven hizo lo que la anciana le dijo y fue a ver al viento a su casa.

– Vaya, no vi al lobo blanco hoy- dijo el viento- Pero tal vez el sol pueda ayudarte. Toma antes un poco de caldo de pollo que he preparado y llévate los huesos…

La princesa hizo lo que el viento le dijo y fue a ver al sol.

Cómo la princesa consigue llegar al palacio del lobo blanco

El sol también estaba preparando un caldo de pollo:

– ¿Al lobo blanco?- preguntó extrañado el sol- Hoy no le he visto, pero tal vez la luna sí lo haya hecho. Antes de ir a su casa, toma un poco de caldo de pollo que preparé y llévate los huesos.

La princesa iba ya cargada de huesos de pollo y llegó a la casa de la luna, que también preparaba un caldo de pollo:

– Lo siento, princesa, pero no vi al lobo blanco, pero sí sé dónde vive. Puedo llevarte hasta el palacio de cristal.

– ¿De veras?- exclamó la princesa entusiasmada.

– Sí, pero antes toma un poco de caldo de pollo y guarda los huesos, porque los necesitarás.

La princesa hizo lo que le dijo la luna, pero estaba tan emocionada con llegar al palacio de cristal, que perdió un huesecito por el camino.

Al llegar a una montaña, la luna le dijo:

– Arriba está el palacio. Construye una escalera con los huesos que has guardado para llegar hasta la cima.

La luna se retiró y la princesa comenzó a construir una larga escalera con los huesos del pollo, pero justo le faltaba uno, el que había perdido. No se lo pensó dos veces, y se cortó el dedo meñique para completar la escalera y poder llegar al palacio.

El desenlace de la aventura de la princesa

Allí se celebraba una boda: el hombrecillo negro se iba a casar con otra mujer.

– ¡Espera!- interrumpió entonces la princesa- ¡Mi padre me envía para cumplir su promesa!

El hombrecillo negro entonces se transformó en un apuesto príncipe y fue a abrazar muy agradecido a la princesa:

– ¡Rompiste el maleficio! Una bruja me había encantado… durante unas horas era un hombrecillo negro y el resto del día, un lobo blanco. Si no conseguía que una princesa se sacrificara por mí antes de esta boda, me hubiera quedado con estas dos formas para siempre. Gracias a ti, he vuelto a mi forma original.

La princesa entonces sintió un profundo cariño hacia ese príncipe, que la llevó de nuevo al castillo con su padre. Poco después se casaron y fueron muy felices el resto de sus días.

Cuento extraído de: El lobo blanco. Cuento para niños con valores (tucuentofavorito.com)

cuentos cortos para niños de pre escolar

El gato y el ratón hacen vida en común

Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común. «Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre,» dijo el gato. «Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes, al fin caerías en alguna ratonera.» Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato: «Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.» Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón: «Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.» – «Muy bien,» respondió el ratón, «vete en nombre de Dios, y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.» Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer. «Bien, ya estás de vuelta,» dijo el ratón, «a buen seguro que has pasado un buen día.» – «No estuvo mal,» respondió el gato. «¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo?» inquirió el ratón. «Empezado,» repuso el gato secamente. «¿Empezado?» exclamó su compañero «¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?» – «¿Qué le encuentras de particular?» replicó el gato. «No es peor que Robamigas, como se llaman tus padres.»

Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón: «Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.» El bonachón del ratoncito, se mostró conforme, y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero. «Nada sabe tan bien,» díjose para sus adentros como lo que uno mismo se come. Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón: «¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?» – «Mitad,» contestó el gato. «¿»Mitad? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario.»

No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca. «Las cosas buenas van siempre de tres en tres,» dijo al ratón. «Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?» – «¡Empezado, Mitad!» contestó el ratón. «Estos nombres me dan mucho que pensar.» – «Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza,» dijo el gato, «claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.» Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero: «Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo,» díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito. «Seguramente no te gustará tampoco,» dijo el gato. «Se llama Terminado.» – «¡Terminado!» exclamó el ratón. «Éste sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡Terminado! ¿Qué diablos querrá decir?» Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva. «Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá, de perlas.» – «Sí,» respondió el gato, «te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.» Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío. «¡Ay!» clamó el ratón. «Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero Empezado, luego Mitad, luego…» – «¿Vas a callarte?» gritó el gato. «¡Si añades una palabra más, te devoro!»

«Terminado,» tenía ya el pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la palabra, y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado. Así van las cosas de este mundo.

Cuento extraído de: El gato y el ratón hacen vida en común – Hermanos Grimm (grimmstories.com)

 

La liebre y el cocodrilo cuentos cortos

La liebre y el cocodrilo

La hermana de Liebre estaba casada con un cocodrilo que vivía en una isla en medio del lago, junto con todo el clan Cocodrilo. Un día, Liebre fue a visitar a su hermana y ésta lo acogió calurosamente. A liebre le encantaba comer huevos, y un día vio a Cocodrilo poner huevos en el granero. Al día siguiente Cocodrilo y su mujer fueron a cavar al campo y Liebre se quedó en casa. Abrió el granero y se emocionó de encontrar tantos huevos, tan grandes y amarillos. Se comió tantos como pudo, se limpió la boca, recogió las cáscaras, las enterró.

Cuando Cocodrilo y su esposa volvieron a casa, Liebre dijo que tenía mucha hambre. Así que su hermana cocinó algo de comida para él, pero cuando le llevaron la comida, Liebre dijo que tenía el estómago malo y que no podía comer nada. Los siguientes días. Liebre no acompañó a su hermana y a su cuñado al campo, sino que quedó en casa…Se comió todos los huevos que pudo, hasta que quedó sólo uno. Esa tarde Liebre dijo a su cuñado:

-Mañana volveré a casa.

Por la mañana, cuando Liebre se preparaba para irse, Cocodrilo dijo:

-Voy a contar los huevos.

-¿Dónde está?, preguntó la liebre.

-Están en el granero, ¿no los has visto?

Liebre dijo que no los había visto y preguntó a Cocodrilo que cuantos había. Setenta. Contestó Cocodrilo. Liebre rogó a Cocodrilo que le permitiera verlos. Cocodrilo accedió y añadió: “Puedes contarlos por mí”.

Liebre subió al granero y gritó emocionado;

-¡Qué huevos tan maravillosos, oh, grandes y amarillos!
Entonces cogió el único huevo que quedaba y lo levantó para que Cocodrilo lo viera, y empezó a contar:”Uno, luego lo bajó hasta el suelo del granero, “dos…tres…cuatro y así continuó. Algunas veces se quedaba abajo durante más tiempo como si estuviera cogiendo el otro lado del granero. Siguió contando hasta que llegó a setenta y cinco.

Oh, exactamente setenta y cinco.

Si, te dije que tenía setenta y cinco huevos, replicó el cocodrilo.

Pero, ¿cómo lo sabes? ¡Hay tantos!

Pero, ¿cómo va a olvidar alguien cuantos hijos tiene?, dijo Cocodrilo.
Liebre dijo adiós a su hermana y  subió a lomos de Cocodrilo para regresar a tierra firme.

Pero la mujer del cocodrilo entró al granero para comprobar ella misma si los huevos estaban realmente allí. Cuando descubrió que sólo quedaba uno, gritó a su marido:

-Cocodrilo, Cocodrilo. Liebre se ha comido nuestros huevos, tírale al lago.

-Eh, ¿qué dices?!No te oigo bien a causa del viento!, dijo Cocodrilo.

-Oh, yo si que oigo lo que dice, dijo Liebre.

-¿Pues qué dice?

-Dice que mejor que nades más deprisa porque llega un viento por detrás de nosotros, dijo Liebre a Cocodrilo. Y éste nadó aún más rápido que antes y llevó a Liebre a su casa. Liebre dijo adiós a su cuñado y Cocodrilo volvió a la isla. Pero Liebre no se quedó en su casa ni un solo día más, se fue muy lejos y se estableció en un nuevo hogar.

Cuento extraído de: Sabiduria africana : Cuento «La liebre y el cocodrilo» , Presentado por Paquita Reche, mnsda – Fundación Sur (africafundacion.org)

 

cuentos para niños cortos

Ojitos

Un día común, Saulis se despertó y salió corriendo.

– ¡Mami!, ¡mami!. – Dijo gritando Saulis.
– ¿Qué pasa nena?. – Contestó la mami de Saulis.
– Hay dos hombres vigilando la casa. – Dijo Saulis.
-¿Qué cosas dices Saulis?. – Respondió su mami.

La mamá salió a ver qué pasaba fuera, mientras Saulis estaba agitada e impresionada.

– ¡Oh no! ¡Saulis corre!!. – Gritó su mamá.

Saulis corriendo se escondió bajo su cama. La mamá pensó que Saulis mentía pero en realidad Saulis había visto los abogados de su padre, los cuales venían a buscar a la pequeña Saulis para que se fuera con ellos.

Finalmente todo quedó en un susto y todos siguieron viviendo felices.

Cuento extraído de: Cuento Infantil | El Ojito | Cuentos para niños (cuentosinfantilescortos.net)

 

cuentos cortos para niños de 10 a 12 años

Los últimos dinosaurios

En el cráter de un antiguo volcán, situado en lo alto del único monte de una región perdida en las selvas tropicales, habitaba el último grupo de grandes dinosaurios feroces. Durante miles y miles de años, sobrevivieron a los cambios de la tierra y ahora, liderados por el gran Ferocitaurus, planeaban salir de su escondite para volver a dominarla.

Ferocitaurus era un temible tiranosaurus rex que había decidido que llevaban demasiado tiempo aislados, así que durante algunos años se unieron para trabajar y derribar las paredes del gran cráter. Y cuando lo consiguieron, todos prepararon cuidadosamente sus garras y sus dientes para volver a atemorizar al mundo.

Al abandonar su escondite de miles de años, todo les resultaba nuevo, muy distinto a lo que se habían acostumbrado en el cráter, pero siguieron con paso firme durante días. Por fin, desde lo alto de unas montañas vieron un pequeño pueblo, con sus casas y sus habitantes, que parecían pequeños puntitos. Sin haber visto antes a ningún humano, se lanzaron feroces montaña abajo, dispuestos a arrasar con lo que se encontraran…

Pero según se acercaron al pueblecito, las casas se fueron haciendo más y más grandes, y más y más…. y cuando las alcanzaron, resultó que eran muchísimo más grandes que los propios dinosaurios, y un niño que pasaba por allí dijo: «¡papá, papá, he encontrado unos dinosaurios en miniatura! ¿Puedo quedármelos?».

Así las cosas, el temible Ferocitaurus y sus amigos terminaron siendo las mascotas de los niños del pueblo, y al comprobar que millones de años de evolución en el cráter habían convertido a su especie en dinosaurios enanos, aprendieron que nada dura para siempre, y que siempre hay estar dispuesto a adaptarse. Y eso sí, todos demostraron ser unas excelentes y divertidas mascotas.

Cuento extraído de: Un cuento sobre dinosaurios (cuentosparadormir.com)

 

Mentiras en la edad de piedra

Un niño, que es demasiado travieso, juguetea con un huevo de dinosaurio que se le cae por un barranco. Cuando papá dinosaurio busca el huevo, el niño le indica que alguien lo robó y huyó muy lejos en una dirección, y el dinosaurio sale en su busca.

Del huevo sale al fondo del barranco el bebé dinosaurio, que lo pasa fatal estando solo y no para de llorar. Cuando su padre lo encuentra días después, le cuenta que oyó la voz del niño.

El dinosaurio, furioso, pregunta de nuevo al niño, que vuelve a mentir, y como castigo derrumba las rocas de la entrada de su cueva, bloqueando la salida y dejándolo encerrado.

Allí lo deja varios días hasta que se arrepiente y aprende la lección, y termina siendo un niño muy sincero inseparable del bebé dinosaurio.

Cuento extraído de: Brevísimo cuento para evitar los engaños y asumir las consecuencias (cuentosparadormir.com)

 

Lagrimas de chocolate

Camila Comila era una niña golosa y comilona que apenas tenía amigos y sólo encontraba diversión en los dulces y los pasteles. Preocupados, sus papás escondían cualquier tipo de dulce que caía en sus manos, y la niña comenzó una loca búsqueda de golosinas por todas partes. En uno de sus paseos, acabó en una pequeña choza desierta, llena de cacharros y vasos de todos los tipos y colores. Entre todos ellos, se fijó en una brillante botellita de cristal dorado, rellena de lo que parecía chocolate, y no dudó en bebérselo de un trago. Estaba delicioso, pero sintió un extraño cosquilleo, y entonces reparó en el título de la etiqueta: «lágrimas de cristal», decía, y con pequeñísimas letras explicaba: «conjuro para convertir en chocolate cualquier tipo de lágrimas».

¡Camila estaba entusiasmada! Corrió por los alrededores buscando quien llorase, hasta encontrar una pequeña niña que lloraba desconsolada. Nada más ver sus lágrimas, estas se convirtieron en chocolate, endulzando los labios de la niñita, que al poco dejó de llorar. Juntas pasaron un rato divertido probando las riquísimas lágrimas, y se despidieron como amigas. Algo parecido ocurrió con una mujer que había dejado caer unos platos y un viejito que no encontraba su bastón; la aparición de Camila y las lágrimas de chocolate animaron sus caras y arrancaron alguna sonrisa.

Pronto Camila se dio cuenta de que mucho más que el chocolate de aquellas lágrimas, era alegrar a personas con problemas lo que la hacía verdaderamente feliz, y sus locas búsquedas de dulces se convirtieron en simpática ayuda para quienes encontraba entregados a la tristeza. Y de aquellos dulces encuentros surgieron un montón de amigos que llenaron de sentido y alegría la vida de Camila.

Cuento extraído de: La niña golosa, Cuentos infantiles. – TodoPapás (todopapas.com)

 

 

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